El Ermitaño es un Arcano Mayor del Tarot que transmite mucho más de lo que a primera vista pueda parecer. Además, no todo lo relacionado con este Arcano es negativo, como muchos consideran.

Para abrir nuestro enfoque con respecto a esta carta del Tarot, tal vez sea necesario entender primero qué es un Ermitaño. No es únicamente la persona que vive en una ermita, y no está unido únicamente a la religión. Un Ermitaño es toda persona que por voluntad propia rehúye a los demás, a la sociedad, y a las cosas de la vida que no le gustan.

Ermitaño del Tarot de Jean Pierre Payen

En base a todo esto, vamos a intentar darte una nueva perspectiva de este Arcano para que puedas hacer lecturas de Tarot diferentes.

El Ermitaño del Tarot y el Equilibrio Mental

Hay varias cartas en el Tarot que nos pueden indicar equilibrio. Tal vez las primeras que acuden a la mente sean la Justicia y la Templanza. Pero si le dedicas a este tema un rato y lo piensas detenidamente verás más posibilidades.

De hecho, hasta en el Arcano del Carro, el auriga tiene que mantener su equilibrio y paz mental para poder dirigir a sus caballos. Si no lo hiciera, los caballos serían los que mandarían y el auriga sería un esclavo de las circunstancias, y no el dueño de su destino.

La Estrella nos puede aportar la idea de paz mental. El Sol remarca el hecho de tener las ideas claras, de eliminar la confusión mental. El Mundo nos remite a la plena consciencia del Todo. Y así con muchos otros Arcanos.

Cuando el Ermitaño sale en una tirada ilumina situaciones en las que es posible distinguir entre estados mentales estables e inestables. El hecho de alejarnos de las trampas de los deseos es lo que nos permite discernir entre la paz mental y la obsesión o la pasión. Incluso podríamos afirmar que todo acto de excitación nerviosa es el polo opuesto del equilibrio mental, es algo que nos aleja de nuestro objetivo.

Tomar el control de la propia mente

Lo que hace el Ermitaño cuando se aleja de lo que la sociedad le dicta que debe necesitar, es tomar el control de su propia mente. Todos entendemos esto. Todos vemos cómo nos intentan vender como imprescindibles, cosas, artefactos, emociones, que en realidad no necesitamos para nada. Dar la espalda a todo esto, a querer ser popular, a querer formar parte del grupo, a ser aceptados renunciando a nuestro propio yo, eso hace el Ermitaño.

Él deshace el camino que había emprendido porque ha visto que no le lleva dónde él quiere ir. ¿Se siente desilusionado? No lo sabemos, pero desde luego ha aprendido la lección. Y prefiere estar solo que mal acompañado. Él toma su decisión, que podemos compartir o no, imitar o no, pero es algo totalmente respetable, porque lo hace ejerciendo su propia libertad. Nadie le obliga a actuar así. Lo hace porque él quiere. Así que otro componente implícito en este Arcano es la Libertad, así con mayúscula. La única libertad que verdaderamente importa.

Así que, resumiendo, tomar el control de la propia mente es una de las actividades más importantes de nuestra vida, ya que nos puede proporcionar Libertad. Es una de las mejores maneras de lo que los budistas llaman Vivir la Vida, lo cual es mucho más que sólo vivir. En cierta forma se puede afirmar que el Ermitaño está haciendo un viaje, andando, hacia la paz mental.

La lámpara encendida del Arcano

En casi todas, por no decir todas, las representaciones del Arcano del Ermitaño en el Tarot vemos que lleva un farol, candil o linterna en su mano.

No sabemos qué intenciones hubo cuando se creó esta imagen. Tal vez, como dicen algunos, sea una representación de Diógenes (s. IV a.C.), que en pleno día llevaba una lámpara encendida buscando a un hombre honesto.

Nosotros preferimos ver en su lámpara encendida una representación del conocimiento, de la sabiduría. Eso no implica que el Ermitaño sea un “Maestro”, pero sí que el Ermitaño es sabio. Ha comprendido lo que quiere y lo que no, lo que él mismo es y lo que no. Con su lámpara encendida el Ermitaño nos aporta Luz, Sabiduría, Conocimiento en medio de la oscuridad que nos rodea. Como dice San Mateo en su evangelio, el que quiera entender, que entienda.

Pero en medio de la noche de la ignorancia, la Luz hace las funciones de faro en medio de la tormenta, un puerto seguro al que dirigirse. Un refugio.

El opuesto del Ermitaño del Tarot

Si, aplicando lo que vemos en nuestros políticos hoy en día, buscáramos la polarización, el extremo opuesto del Ermitaño, ¿cuál sería? Centrándonos en lo que te estamos enseñando hoy que es el equilibrio mental, entonces seguramente dirías que el Loco, ¿verdad?

Pues aplicando este enfoque diferente que queremos darte hoy, te diremos que no. El extremo opuesto del equilibrio mental del Ermitaño lo encontraríamos en el Diablo. Una de las misiones del Diablo es convencernos de que necesitamos objetos y cosas materiales. Aunque no todo lo material es diabólico. El uso que puedas hacer de eso sí podría serlo, pero no el objeto en sí mismo. Incluso el dinero. ¡Sólo es papel! ¿Qué tiene de malo? ¡Nada! Pero si te dejas esclavizar por él, si pierdes el control,… entonces las cosas cambian.

Recuerda que el mayor logro del Diablo es hacernos creer que no existe. Y su “negocio”, uno muy grande en realidad, es hacernos creer en cosas, no en ideas, sino en cosas. A estas seducciones del Diablo, el Ermitaño, que está de vuelta de todo, dice: “No, gracias. ¡Paso de eso!”.

El Ermitaño y el Diablo son como agua y aceite. Nunca llegarán a mezclarse o combinarse. Porque nuestro querido Arcano IX, también escrito a veces VIIII, ha logrado algo maravilloso. Darse cuenta de que todo lo que es externo a la mente, no es la vida en sí misma, sino que son objetos que se aparecen en la mente.

Conclusión

El Ermitaño del Tarot

Como colofón, no queremos acabar este artículo, en el que te brindamos un enfoque diferente sobre el Arcano del Ermitaño del Tarot, sin citar este hermoso poema:

“¡Qué descansada vida
la del que huye del mundanal ruïdo,
y sigue la escondida
senda, por donde han ido
los pocos sabios que en el mundo han sido!”

Es la Oda I (“Vida Retirada) de Fray Luis de León (1527-1591).

Fray Luis de León